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Sin comillas, solo sexo


El siguiente es un fragmento del libro Sexo sin comillas, de la escritora colombiana María Paz Ruiz, que se presenta en España el jueves 18 de junio, a las 21, en el Volta Café de Madrid (Calle Santa Teresa 9):
"Imagine un planeta de terminaciones nerviosas, hecho para ser acariciado porque va revestido de piel. Esto es el cuerpo humano. Cada poro siente y por eso es tan agradable poder explorar cada trocito del cuerpo que somos y del cuerpo que tenemos cerca cuando estamos disfrutando de una relación sexual.
Es interesante dedicarse a descubrir que hay zonas muy poderosas que jamás nos han acariciado bien, o no nos han estimulado con el suficiente interés. A mí me resulta extraña la obsesión de algunas personas por que les toquen los pies, cuando son unos órganos muy excitables y que tienen un altísimo voltaje sexual en su diseño. Tampoco está mal chupar un codo, una rodilla o una pantorrilla. Todo puede incrementar el placer, y sobre todo, no se trata de succionar con mirada de loco una pantorrilla, sino de conseguir que ese cuerpo que queremos excitar se sienta reconocido por completo, atendido y degustado en toda su riqueza y anatomía.

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Es fácil encontrar personas que sienten placer al ser acariciados en sus pezones  o en su cuero cabelludo, son zonas erógenas habituales, quizá más que las orejas o los muslos. ¡Con las orejas ocurre un efecto que muchas veces se vuelve muy desagradable! La repetida escena cinematográfica en la que los amantes se chupan las orejas ha desencadenado que muchas personas piensen que introducir la lengua por el oído hasta llegar al cerebro es sexy. Nunca ha sido ni lo será. Tampoco el exceso de babas da el mejor resultado. Casi es mejor recurrir a los susurros, al chorrito de aire o al beso que al incómodo chupón que deja un rastro baboso. ¡Pero, para gustos, colores! Y así como es frecuente que las mujeres me cuenten que no son fans de que las baboseen, también he conocido parejas que me confiesan que les encanta, y que de hecho se han unido más porque los dos son unos babosos y esto les excita al límite.

A mí me parece hermoso besar los párpados, encuentro en ellos algo sensual, también creo que las caderas de los hombres son irresistibles y facilísimas de morder y de besar. El cuello es una zona erógena maravillosa, pero no a todas las personas les gusta que les chupen o les besen esa parte, así que es conveniente que en las citas que tengan los amantes descubran si les gusta lo que el compañero les hace.
A mí me han dicho cosas como esta: "yo odiaba que me tocaran las costillas, pero me encanta cómo tú me las acaricias". En conclusión, no siempre el problema está en nuestra poca afición porque nos toquen ese punto, sino que tal vez no nos lo han tocado bien. El cuerpo fluye en su totalidad y se puede excitar y erizar por completo, así que no tiene caso crear obstáculos en el placer. Mi máxima es sencilla: se vive mejor sin puntos prohibidos en el cuerpo.


La primera vez

Testimonio de mi amiga Q:
Llegué a mi primer encuentro sexual por una enorme curiosidad y no por enamoramiento. Esto hizo que desde esa primera vez tuviera una duda sobre el sexo. ¿Era placentero en sí o debía buscarle el lado emocional para aprobar lo que estaba haciendo?
El sexo es una inyección de placer; y no todo placer está asociado al compromiso que hay entre los dos que se entregan a la relación física. Es falso que solo los hombres puedan separar esto y solo ellos puedan gozar con el sexo casual, esporádico o sorpresivo. Las mujeres también pueden, lo hacen, y es maravilloso disfrutar del cuerpo sin importar si se es hombre o mujer. De hecho, a veces tengo la sensación de que la distinción de géneros nos ha afectado mucho. No todos somos hombres-hombres ni mujeres-mujeres. Ahora me puedo permitir decir que me gustan las personas, y no sólo porque sean mujeres u hombres. Me puede atraer una mujer o un hombre en igual medida.
¡Fuera las etiquetas!

Testimonio de A:
Mi primera relación sexual no ocurrió con un novio. No me pareció grave, nunca me culpé por eso y, en cambio, pude aprender a tener una relación sexual liberada y placentera con él. Hoy pienso que tuve suerte al comenzar mi actividad sexual con un estudiante de ginecología cuando yo apenas tenía quince años. También hoy soy consciente de que él me hizo la inducción y las prácticas. Yo no sabía nada, y solo recordaba el libro de sexualidad que mi madre me había mostrado en la cama el día que me explicó, con dibujos de blanco y negro, cómo era eso de fabricar hijos. Recuerdo también que mi padre cerró la puerta con mirada confusa: su hija de once años ya sabía que el sexo existía. Su pequeña ya no era tan inocente. Pero es igual, porque después del libro en blanco y negro me siguieron tapando los ojos cuando salían dos amantes besándose en las películas, y en mi casa no se dijo la palabra sexo ni sonaron jamás los Sex Pistols".

 Por: | 13 de junio de 2015
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El Día del Pene

Pasé parte de mi infancia con una familia japonesa, y aunque eran de hablar poco o nada, no he conocido gente más delicada y de sentimientos tan refinados. Parecen serios pero tienen su sentido del humor, bastante morbo… ¿o en qué otro país del mundo (además de la India) se venera al pene como en Japón? Aunque no lo crean, el Kanamara Matsuri o Festival de Pene se celebra el primer domingo de abril en la ciudad de Kawasaki, y es la fiesta más bizarra del calendario sintoísta. Una procesión de fieles sale del templo (sí, el miembro tiene hasta templo propio) llevando por santo a un falo gigante que recorre las calles montado sobre un grupo de vecinas disfrazadas de prostitutas, muertas de risa. Hay puestos de souvenirs, pasacalles y las damas se sacan fotos arriba de unas tremendas esculturas de madera tallada.


Según Wikipedia, la leyenda cuenta que un demonio de dientes filosos se escondió en la vagina de una chica en su noche de bodas, pero en el camino el mostruo se encontró con el pene de dos jóvenes, a los que eliminó de un solo mordisco (fiesteros eh). Luego un herrero fabricó algo así como un capuchón o profiláctico de acero para partirle los dientes al bicho. Hoy al miembro le rezan por la fertilidad y la armonía del matrimonio, y los negocios (que es casi lo mismo).

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Cuando la vagina se vuelve santa " e intocable "

Por:
 
Por Laura Cámara Roca

Hace poco leía en un libro del sexólogo Antoni Bolinches algo que no deja de sorprenderme, pues nunca antes me lo había planteado. Y nunca se me ha dado el caso, aunque no deje de tener cierto sentido. Bolinches sostiene que los hombres pueden experimentar una falta de deseo sexual después de asistir al parto de sus hijos. Explica que esto puede deberse a que el hombre deja de ver la vagina de la mujer como algo relacionado con el placer y el disfrute para pasar a considerarlo un lugar que ha albergado el nacimiento de su hijo.
Yo lo veo algo así como la beatificación de la vagina, que hasta el momento del parto representaba el placer carnal.


Soy matrona y sexóloga, así que el tema me llamó poderosamente la atención. El mismo Bolinches reconoce que el asunto no está exento de polémica.
¿Resulta, entonces, que los hombres que acompañan a sus mujeres, a quienes yo, a su vez, acompaño en sus partos, pueden tener luego problemas de deseo sexual? No pude evitar sentir cierto desconcierto, pues yo siempre he pensado que la presencia de los padres en los nacimientos es totalmente beneficiosa. Ahora me cabe cierta duda de si, después de tal momento, la vida sexual de esa pareja se verá afectada en sentido negativo.
¿Cómo influye en un hombre asistir a un acto tan real, tan animal, tan puro, pero tan impresionante como es un parto? Un alumbramiento en estado puro, con su gemidos, con su dolor (que no siempre sufrimiento), con su distensión y apertura, con sus 3 kilos de bebé saliendo por aquel orificio que hasta ese momento se consideraba lugar de placer, de calor y humedad, de otro tipo de gemidos...
¿Puede alguien presenciar el nacimiento de su hijo sin que cambie su percepción de la vagina? ¿Se corre por eso el riesgo de dejar de tener a la vagina en el podio del placer sexual (que es donde ellos la ubican, normalmente)? No tengo respuesta al ciento por ciento, así que sería mejor preguntárselo a hombres y padres.
¿Nos ponemos en situación?
Antiguamente, los hombres no colaboraban en las tareas del parto: ni asistían ni les interesaba estar presentes durante el nacimiento de sus hijos. Aquello se consideraba "cosa de mujeres", con lo cual, ellos se dedicaban a esperar. Esperaban en el campo, en el sofá, en el pasillo del hospital, seguro que alguno esperaba jugando la partida en el bar... En fin, sin bromas... todo, según la época, tipo de hombre y situación de pareja. Los cuidados de los partos eran transmitidos por mujeres que ya habían tenido hijos y por parteras o matronas. Primero, rurales y, después, hospitalarias.
Esto cambia en el contexto actual de la necesaria igualdad de roles y buscando siempre la mayor participación masculina en la crianza, el fortalecimiento de los lazos de la pareja y el aumento del instinto paterno.
Pero ahora, según el citado libro, resulta que los hombres pueden ver afectada su libido por asistir a los partos. ¡Pues mal arreglo estaríamos haciendo entonces!
Obviamente yo veo adecuado que los padres acompañen a sus mujeres a los partos. Pero siendo abogada del diablo me planteo si la libido de la pareja con hijos puede soportar otra herida más. ¿No es suficiente con esos roces y distracciones que generan la crianza, la lactancia, la conciliación de la vida laboral y familiar, la rutina sexual, el cansancio y la supuesta falta de deseo que produce el natural paso del tiempo, que ahora debemos añadir otro temor y otra losa?

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Dicho esto, no deja de parecerme extraño pensar que si una mujer es capaz de vivir un parto en primera persona, de recuperarse de sus secuelas, de volver a ser mujer (deseosa o deseable) además de madre, no pueda hacerlo un hombre. Pero ese es otro tema.
Siguiendo con el lado masculino. Como sexóloga, no he vivido una consulta por este motivo. Y, realmente, me gustaría saber si vosotros, hombres parejas con hijos, padres que habéis asistido en primera fila al nacimiento de vuestros hijos/as podéis corroborar lo mencionado por Bolinches.
-¿Sueñas con esa cabeza saliendo de la vagina de tu mujer, estirando tejidos y amoratando la vulva?
- ¿Miras con ojos de cordero degollado sus genitales cada vez que os disponéis a tener sexo?
- ¿Se te han quitado las ganas porque has dejado de ver a tu mujer como diosa del sexo, para verla como madre sufridora?
No sé exactamente qué voy a tener que hacer a partir de ahora. ¿Tendré que preguntar seriamente a los padres que quieran asistir a los partos: "Oye, hay un riesgo de que nunca vuelvas a ser el mismo después de esto, que pierdas el deseo sexual hacia ella. ¿Serás capaz de superarlo?"
¿Tú que crees que contestarán los futuros papás? ¿Tu que contestarías? ¿Arriesgarías, si fuera cierto, tu deseo sexual por ver a tu bebé llegando al mundo?
También se me ocurre, compañeras matronas, que cuando las parejas realicen la educación maternal, incluyamos un nuevo ítem en los puntos a tratar: 'Estudio de la vagina y sus funciones' (para que el tema no coja desprevenido a nadie).
Y tú, mujer, ¿sigues queriendo que tu pareja te acompañe al parto, si luego alguien te sugiere que va a perder la lujuria, o mejor llamas a tu hermana?

 elpais.com/eros 09 de mayo de 2015
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Lo que las mujeres quieren en la cama.



Las mujeres, al igual que los hombres, tienen fantasías sexuales que podrían hacer mucho más excitante una relación, pero no siempre se sienten libres para expresarlas.
Por varios años, los hombres pueden haber mantenido una idea equivocada de lo que las mujeres realmente quieren en la cama. No es extraño, entonces, que el sexo se haya vuelto rutinario y previsible, y que no ellas no logren el goce pleno de la actividad sexual.
De hecho, cuando se consulta a las mujeres sobre sus preferencias en la cama, muchas respuestas pueden sorprender incluso a los varones menos conservadores.

Muchas de ellas tienen enteras listas de errores que los hombres comenten al querer hacerlas gozar al máximo, los cuales van desde la falta de besos al hacer el amor, hasta el hecho de ser más agresivos.

Por cierto, no valdría la pena esperar que ellas nos hablen sobre estas fantasías, ya que sabemos que el pudor suele estar más del lado de las mujeres que de los hombres. Por lo tanto, si el sexo no es como quisiéramos, debe ser el hombre quien ponga manos a la obra, o al amor, para revertir esta situación.

Por supuesto, los hombres se preguntarán, ¿Cómo? Para ello, basándonos en los comentarios de muchas mujeres, sexólogos, y cartas llegadas a la redacción, le podemos ofrecer una lista de las lujuriosas fantasías que quizás su propia mujer esté esperando desde hace tiempo.

Por cierto, sobre sexo no hay nada escrito, pero, sin embargo, muchas mujeres dijeron cosas parecidas, o bien muy interesantes, de las cuales hemos tomado las cinco principales, para pasar enumerárselas.


1- Ella es la reina

Esto no es tanto una fantasía que ellas hayan expresado, pero sí una muy buena sugerencia para las relaciones sexuales. Muchas mujeres necesitan que sus hombres las contemplen con atención, focalizándose en todo su cuerpo entero. Les gusta que las besen desde los tobillos hasta la espalda, despertándoles sensaciones que provengan de algún otro lugar que no sea la vagina.

También podría pasar un pequeño tiempo besándole el muslo o las partes interiores de la muñeca. De esta forma, será probable que ella se lo haga a usted también, y, le aseguramos, también sus sensaciones serán más profundas.

2- La boca, otra zona erógena

La use usted o ella, debe saber que a la mayoría de las mujeres les encanta incorporar la boca a la relación sexual. Para su sorpresa, muchas mujeres desearían también usar sus bocas para erotizar más a sus hombres.

Lo que secretamente desean, son ciertas direcciones. Pero eso dependerá de cada una, por lo que no podemos darte un “mapa” (pero él lo podría confeccionar). Y el ruido: las mujeres aman oír toda clase de ruidos agradables, para asegurarse de estar haciendo un buen trabajo.

Recuerda, principalmente que las mujeres desean que vaya muy a fondo con su boca (en todas las partes de su cuerpo…), usando también los dedos cuándo sea el momento, para luego seguir otra vez con la boca.


3- No descartar el cumplir ciertas fantasías

Cumplir ciertas fantasías puede ser también muy estimulantes. Por ejemplo, a muchas mujeres les podría gustar tomar el rol de "chica mala", pero si el hombre no les da el permiso, difícilmente se animarán a planteárselo. Las fantasías pueden ser muy bellas, aunque muchos/as no se den cuenta de eso.

Muchas mujeres señalan, por ejemplo, que ya se sienten cansadas se ser una dama en el dormitorio, así como de hacer el amor y estar rodeada de cosas suaves todo el tiempo. Por eso, deseba que su esposo tuviera un sexo más salvaje con ella, y se comportara como si acabara de conocerla, sin ningún tipo de cuidados, tratándola salvajemente y manejándola a su antojo…

En fin, existen una gran cantidad de mujeres que quieren algo más salvaje para sus dormitorios. Pero sucede que, simplemente, temen que si se comportan de esa manera, sus hombres piensen mal de ellas, por lo que están incluso atemorizadas que ellos, erróneamente, las comiencen a tratar diferentemente también fuera del dormitorio. Por eso, debe entender que solo se trata de cambiar la visa sexual, y no la vida.

4- Basta de buenas palabras

En este mismo sentido, la pareja debería comenzar a ampliar su léxico sexual. Créelo o no, muchas mujeres hablan muy bien de las malas palabras… y una gran cantidad de ellas, quiere categóricamente que les digan cosas “desagradables”. Muy posiblemente, muchas de las cosas que solía decirle antes del casamiento…

Es posible que, en un principio, las mujeres que oigan estas palabras comiencen a ruborizarse, pero debe saber que eso no quiere decir que las incomode… Por supuesto, no podemos escribir ninguna de esas palabras, pero estamos seguros que no le faltará imaginación para ello.

5- Más agresividad en la cama

Esto es casi una coincidencia unánime. La mayoría de las mujeres realmente quería algo más agresivo, incluso más allá del lenguaje. A muchas les gustaría ser atadas, y tiradas del cabello. En efecto, estaban bastante entusiasmadas acerca del sexo agresivo.

Por supuesto, esto no implica que el hombre deba llegar a su casa y abofetear a su mujer, pero en su lugar, quizá un pequeño rasguño en el dormitorio podría trabajar de maravillas para la vida sexual. Y si eso no es suficiente, podrá intercambiar roles, y dejar que ella sea el agresor.

Por supuesto, desde aquí, sólo le hemos podido trasladar lo que muchas mujeres y sexólogos nos hicieron saber, pero cada caso es único, y cada hombre debe sentirse libre de experimentar cual es del de su pareja.

Está claro que no es nada fácil alentarlas a llevar adelante lo que realmente desearían hacer en el dormitorio, y sentirse libres para expresar sus deseos sexuales. Pero en el fondo, es también su responsabilidad que ellas lo puedan hacer, y también saber encontrar estas cuestiones en su propia relación.

Comunicándose en forma más abierta acerca del sexo, les permitirá descubrir ella está mucho más que dispuesta a acercarse a cosas nuevas. ¡No pierdan la oportunidad de descubrirlo!


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Perfecto e infinito sexo entre desconocidos

  - *Por María Paz Ruiz Gil

A las cuatro de la mañana Madrid arde en vicio, las discotecas escupen gente que, con un sello en la mano, sale sin saber dónde puede meterse para ligar o para la penúltima. Mi amigo sabe que estoy cansada y me acompaña a tomar un taxi, pero él quiere encontrar un antro con buena música. Al minuto se cruza con una chica mona que va sola (apuesta que lleva alguna copa encima pero se la ve decidida a irse de marcha), con unas botas y una falda larga que darán que hablar.

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"Llévame a un local con música en directo", le pide él.
Prueban con tres sitios que ya están cerrados, caminan con algo de frío hasta la calle Arenal, pero hasta el último reducto para conciertos decentes está chapado.
La mujer se quiere subir a un taxi, pero él descubre el brazo y toca en él una canción como si fuera su bajo. Si pienso en ella, imagino que fue por ese instante de sobrada ternura que decidió subir al piso de mi amigo. Él había alquilado ese lugar para dos noches: ya se sabe, algo súper céntrico, limpio y con una cafetera para hacerlo más vivible. 'La mujer' sube las escaleras con la adrenalina cabalgándola entera. Él no se acuerda de su nombre (¡vaya putada!). Es curioso porque solo será su memoria defectuosa la que narrará este encuentro sexual.
Ella se hace la dormida y él la acaricia, prueba a excitarla mientras ella cuenta los minutos que tendrá  esa erección irrompible bajo el vaquero. No está muy convencida de tener sexo, pero entonces él le suelta que, así, es incapaz de dormir.
En segundos, ella se quita las botas y las medias.
Empiezan lo irremediable. Él se estaba muriendo de ganas por estar encima de ella, que exige un condón como única condición para arrancar, entre desconocidos, una carrera de gemidos y movimientos.
En el sexo casual todo es nuevo y viejo a la vez. Esa piel nunca antes vista, ese cuerpo con dimensiones únicas, moviéndose mejor que los cuerpos anteriores. Es el mismo baile con un bailarina diferente.
Ella consigue llegar tres veces al orgasmo, cuenta cuando se ha corrido y habla en la cama. Él no habla nunca durante el sexo, porque así es más fácil tener la cabeza libre. Le gusta que ella sonría mientras va entrando, pero no la ha desnudado. Ella solo se ha quitado las medias, así que le dan vueltas a la falda y la recogen en la espalda hasta que se hace insoportable.
"No es cuestión de estética", le digo.
"Yo estaba bien, pero ella decidió quitársela", me dice mi amigo.
¿Y qué más pasó?
Cuando la penetré, no aguanté más. Era lo que yo deseaba. Nada de romanticismo, ningún beso a la vista. Una descarga de placer.
Hay una frase que me dijeron y me marcó, interrumpí: "hay mujeres que son más fáciles de desnudar que de besar".
Me encontré con una de esas. Esta mujer también hizo lo que quiso. Igual que yo. Hablamos poco. No nos mentimos, no nos engañamos. Nos gustamos, y a través del otro llegamos al orgasmo. Y todo iba bien. Sin embargo, al terminar, me preguntó qué era lo que yo buscaba en mi vida.
"Lo único que deseamos es que alguien nos quiera", le respondí, sin saber que se iba a poner a llorar en mis brazos.
"Madrid es infinito", dije yo.
"Madrid es perfecto", dijo ella.
Se puso sus botas. Yo me vestí para acompañarla al taxi.
"No, quédate aquí. Voy sola". Estaba convencida de que eso era mejor.
Sin darnos el teléfono ni el mail se despidió de mí. Y pensé que no hablaría de ella jamás. Pero aquí me tienes, contándote mi polvo de martes con una mujer a la que  he visto por dentro, a la que he hecho llorar y de la que no sé ni su nombre.
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'The affair' o el triunfo de los instintos (y el afán de poder)

Una serie sobre una infidelidad. No parece un tema que pueda dar tanto de sí, y sin embargo, cuando empecé a ver The affair, me enganchó al instante. Son muchos los comentarios que se han hecho sobre la primera temporada de esta apuesta de Showtime, la gran mayoría buenos, unos cuantos malos, sobre todo en la valoración del desenlace.

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Cartel promocional de la serie 'The affair'.

Algunas de las claves por las que esta serie ha cautivado a la crítica están basadas más en las formas que en el fondo. Me explico. La serie se compone de diez capítulos de alrededor de una hora de duración; cada uno de ellos se divide, a su vez, en dos partes: la visión de Noah (Dominic West) y la visión de Alison (Ruth Wilson), los dos infieles de la historia.

Así, vemos cómo desde sus diferentes perspectivas cambian las versiones de quién sedujo a quién, o incluso, si Alison llevaba el vestido más o menos largo. Y es que la trama gira en torno a dos matrimonios, cada cual con sus más y sus menos, que coinciden durante un verano en un pueblo costero. Y, allí, los dos protagonistas acaban lanzándose a una relación extramatrimonial, que conllevará múltiples y diversas consecuencias. Entre ellas, un asesinato, motivo por el cual, tanto Noah como Alison, están siendo interrogados, y que a la vez resulta la razón por la que nos van desvelando los detalles de su historia.
Dicho todo esto, las premisas parecen obvias. Hombre maduro con hijos que ve mermada su vida sexual, asfixiado económicamente, humillado por la familia de su mujer, frente a una mujer que sufre una importante crisis en su vida, que busca refugio en la novedad y en el sexo. La excusa para la infidelidad está servida.

Pero la serie habla de muchas más cosas de las aparentes, y que desde la perspectiva sexológica, pueden ser mucho más interesantes que una narración a dos voces. Y ojo que aquí se puede escapar algún spoiler.
Desde mi punto de vista, con toda la subjetividad que este conlleva, hay una pregunta clave que, de hecho, se hacen a sí mismos los protagonistas en una de las escenas: "¿por qué conmigo?". Ambos son atractivos, y ambos han tenido, y nos dejan verlo, otras oportunidades de ser infieles. La tentación siempre ha existido, y la frustración en sus matrimonios, aparentemente, también, ¿qué les empuja a dar ese paso, entonces, en esta ocasión?

Una de las excusas a las que podríamos aludir es al hecho de que se trata de una aventura de verano, sobre la que se puede pensar que es más fácil escabullirse cuando acaben las vacaciones y todos vuelvan a la rutina con las respectivas parejas. Algo que, como descubrimos, luego no es tan fácil.
Creo que la clave se esconde en algo mucho más primitivo, en otro tipo de instintos. Noah es un hombre frustrado. Si bien al casarse vio en el dinero de la familia de su mujer una oportunidad, es más que evidente que esa ventaja se ha convertido en una humillación para él a lo largo de los años. Su esposa es una mujer fuerte, autosuficiente, exigente, que busca en él un compañero, cierto, pero que no necesita de él esa figura masculina que creíamos que había pasado a la historia. Porque lo que Noah necesita no es un revolcón de verano sino volver a sentirse ‘el hombre’ de la relación. O eso se vislumbra a lo largo de los capítulos.

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Los dos matrimonios protagonistas del reparto de 'The Affair'. Fotografía Showtime

Por eso, si bien no sucumbe a la tentación con otras mujeres, también atractivas físicamente (por ejemplo, la chica de la piscina que sale en el primer capítulo) sí lo hace con Alison. Ella representa esa mujer débil, herida, que necesita ser salvada. Alison, por su parte, es camarera en el pueblo, y vive una tragedia familiar, además de una vida marcada por la falta de dinero y la inestabilidad. Su belleza podría haberla relacionado con cualquier otro hombre del pueblo, pero se fija en el veraneante, no por razones inocentes, sino porque esa figura paterna, estable, representa para ella todo lo que le falta en su matrimonio.

Una estabilidad que tiene bastante que ver con lo económico, porque (y esto sí es un spolier) si bien Noah le ofrece huir con él en más de una ocasión, no acepta inicialmente ese pequeño apartamento ni  irse a la aventura los dos solos en un tren. Hasta que Noah no recibe una oferta millonaria por el manuscrito de su libro, la cosa no cuaja. Al final, de nuevo intercambio de roles (no vamos a incurrir en nuevos spoilers).
Todas estas ideas me dejaron confusas y con muchas, quizás inocentes pero necesarias, preguntas. ¿Realmente seguimos manteniendo este modelo de relación entre dominate/sumisa? ¿siguen teniendo que ver mucho más el poder y el dinero que la afectividad  y el compañerismo en una relación sentimental? (Solo haría falta pensar qué hubiera sido de Cincuenta Sombras de Grey si Christian hubiera sido dependiente en una tienda).

Dando otro paso más,  ¿el hecho de que una mujer sea fuerte y autosuficiente o, incluso, el hecho de que tenga más dinero, sigue intimidando al hombre en una relación de pareja? ¿hay mujeres que siguen buscando en un hombre no un compañero sino una estabilidad que les permita ‘hacer su nido? La respuesta que nos ofrece ‘The affair’ es un tajante "sí".
Queda, por tanto, reflexionar si una serie como esta nos puede ayudar a replantear y cambiar todas estas ideas instintivas, más basadas, a mi parecer,  en el concepto de macho/hembra, que en el hombre/mujer, o si simplemente se trata de un reflejo, fiel, y muy triste, de lo que pese a todos los avances, sigue siendo nuestra sociedad.
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El introspectivo (o por qué hay hombres de orgasmo tan silencioso)

Por Marla Singer

En la película Frankie and Johnny, ese drama romántico de finales de los años 90, Al Pacino (que todavía era un madurito apetitoso) encarnaba a un cocinero que se enamoraba de Michelle Pfeiffer, camarera de un bar, pero antes de meterse en su cama probaba el resto del menú del restaurante en el que los dos trabajaban.
Cora, una de las chicas que había apostado que podía acostarse con él y ganaba, le contaba después al resto del gremio femenino que él era muy bueno en la cama, pero que había algo raro con su orgasmo. No tenía gesto, sonido, ni un carraspeo. El tipo implotaba. Y eso que ella se había dejado puestos unos altísimos tacones altos -fetiche infalible, en su opinión- y le había dedicado una de sus mejores performances.

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'Frankie and Johnny'.

"La verdad, no pareció que hayas acabado. Es decir, normalmente un hombre gime o algo así. Tú ni siquiera aclaraste tu garganta", le decía ella, textualmente, mientras se quitaba los tacos inútiles. El comentario podía responder al orgullo herido ("no lo excité lo suficiente"), al mero código civilizado del sexo casual ("podría al menos haber fingido, ¿no?") o a un tercer motivo, mucho peor: el tipo se devora el placer antes de que brote, lo suprime.
Sin estadísticas más que la mera experiencia o algunas charlas de chicas, sabemos que algunos hombres tienen el síndrome aún-vivo-con-mis-padres o el de no-despertemos-a-los-niños/vecinos/compañeros de piso. Años de sexo silencioso pueden causar estragos en los hábitos de cualquiera, pero que el modo mute continúe en hombres adultos que se revuelcan en una casa vacía en la que nadie puede oírlos no deja de ser extraño.
Y en alguna ocasión te pasa. La primera vez queda una sensación extraña. Pero cuando vas a la cama varias veces y el hombre en cuestión sigue siendo un Buster Keaton sin siquiera capacidad gestual, te preguntas, le preguntas, cosas como: "¿acabaste?", y el chico te dice que sí, mientras miras con desconfianza el preservativo buscando datos fácticos. "¿Seguro?", insistes, y él te responde que sí, que si alguien en este mundo sabe cuándo tiene un orgasmo es él mismo. Y entonces te queda preguntar "¿Lo has pasado bien al menos? Porque sonido no hay" y él dice que "genial", que él es así, que tuvo un orgasmo delicioso, pero que no suele notarse.
Te quedas pensando en que qué raro es todo. Que es como esa gente que pone gesto reflexivo , sonríe apenas y asegura que pensó algo divertido pero que se está riendo para sus adentros. Y uno piensa: o no tienen sentido del humor, o tanta gracia no les causó. Bien vale entonces esa clásica frase de maestra: "Dilo en voz alta, así nos reímos todos".
No queremos un Tarzán histriónico que se golpee el pecho al grito de gol cada vez que eyacula, pero que la única expresión sea un mínimo espasmo, más que una mezquindad con el otro parece una imposibilidad de compartir el goce. Y siempre existe el severo riesgo de ahogarse de placer. Por cierto, en una época hubo un grupo en Facebook (para todo hay un grupo en Facebook) titulado "No a los orgasmos silenciosos". No sé si todavía existe, pero "me gusta".
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